Este es un post personal sobre cómo pasé de ser un bicho de oficina sedentario a un traductor nómada digital.

No me equivocaría si afirmo que a la mayoría de los traductores nos gusta o nos gustaría recorrer el mundo mientras traducimos. O por lo menos, a los que nacimos de este lado del charco donde viajar nunca fue sencillo y las distancias son tan grandes.

Y por recorrer el mundo me refiero a salir de nuestro lugar, conocer, explorar, entender otras culturas y ni hablar de aprender otras lenguas. Los traductores nos nutrimos de eso.

Cómo empezó todo

Para escribir este artículo tuve que volver muchos años para atrás y encontrar de dónde surgieron estas ganas que tengo de viajar.

Casi con certeza puedo decir que empezaron a los siete años. Fue cuando tuve mi primer libro de inglés en las manos. Solo con ver los dibujitos del Big Ben o de la Estatua de la Libertad mi cabecita automáticamente pensaba: “¡Qué lindo sería estar ahí!”

Allá por los ‘90 viajar no era tan fácil para un argentino de clase media. En mi casa al menos, no había recursos para viajar al exterior. Por eso, para practicar inglés, me llenaba de libros y cassettes.

Cómo siguió

La vida va sucediendo, y si no estás plenamente consciente de tus acciones, sucede de forma automática.

Luego de la escuela secundaria, fui a la universidad y después conseguí mi primer trabajo. La cabeza se me fue llenando de cosas que ni siquiera elegí conscientemente.

Todo el mundo a mi alrededor, y mi propia mente, me ordenaban: “Establécete en un trabajo (¡y si es de por vida mejor!). Compra un auto y ahorra para tener una casa. Cásate y ten hijos. Consigue ascensos para ganar dinero para que puedas comprar más cosas que no necesitas. Mantén la rueda girando”.

Pero los años fueron pasando y, ya casi con 40 encima, tengo la certeza de que la vida decanta sola. Se deshace de aquello que no nos sirve y atrae aquello para lo que estamos destinados.

Y así, a los 34 años, cambio tras cambio, tumbo tras tumbo, comencé a viajar y aprendí algunas cosas sobre mí y sobre la vida en general que no sabía:

  • Para viajar acompañado necesitas la persona correcta a tu lado (Lucía lo es).
  • Los días de vacaciones no son suficientes para viajar sin prisa.
  • Pasar mi vida tachando meses y días hasta las próximas vacaciones me daba escalofríos.
  • No quería estar viajando a través del fondo de pantalla de mi computadora.
  • Y no me agrada tener que pedir permiso para hacer lo que me gusta.

Sin embargo, esa voz en la cabeza producto de años de adoctrinamiento me decía:

“Quédate acá, esta es la vida por la que luchaste. Es una vida estable y previsible. Cuando llegues a los 65 años y te jubiles vas a tener tiempo y dinero suficiente para viajar y disfrutar”.

Y lo que tiene que pasar, va a pasar

Hoy recuerdo una conversación que tuve con un colega días antes de que me despidieran. En un momento le dije: “Y bueno, si me despiden, el plan B siempre fue salir a recorrer el mundo”.

Y en menos de una semana estaba sin trabajo.

Fue como en esas películas de ciencia ficción ambientadas en futuros distópicos, en las cuales la vida civilizada está dentro de las ciudades y fuera de ellas es todo desierto y salvaje. Y entonces acusan al protagonista de un crimen que nunca cometió y lo expulsan de la ciudad.

Bueno, así estaba yo, de espaldas a la puerta, con mi libertad en la mano y con un montón de incertidumbres:

Y ahora: ¿Qué hago? ¿De qué voy a vivir? ¿Dónde voy a vivir? ¿Cómo voy a pagar las cuentas? ¿Hacia dónde tengo que caminar? ¿Y si nadie me acepta en otro lugar?

Ser libre asusta un poco. No, no, asusta MUCHO.

El viaje por el desierto

Primero tuve miedo. No me animaba a caminar solo por el desierto. Quise regresar, pensaba que alguien me iba a abrir una puerta. Pero no che, nadie de nadie lo hizo.

Así empecé a caminar desierto adentro.

Y de a poco me di cuenta que no estaba solo. Y que a diferencia de lo que pasa en esas películas, había personas dispuestas a ayudarme y a alentarme y que empezaron a acompañarme en el camino.

Gente que pasó por lo mismo que yo y que sabe que ir en grupo siempre es mejor.

Y aprendí de ellos que:

  • Puedes ganarte la vida haciendo lo que te gusta.
  • Uno mismo tiene que diseñar la realidad que quiere vivir.
  • Hay formas para viajar sin gastar fortunas.
  • La clave de todo es ayudar y cooperar.
  • El momento es ahora.

Tengo que reconocerlo. Dilaté todo lo que pude salir a viajar. Primero quería crear mi proyecto, avanzar con Letras Nómadas, organizar todo.

Fueron pasando los meses.

Pero, como se dice, a los sueños hay que ponerles fecha. Es la única forma de cumplirlos.

Y así fue que con Lu hicimos un curso sobre housesitting.

Nos enseñaron todo lo que hay que saber para crear un perfil que impacte. Y el curso fue tan efectivo, que a la primera postulación nos aceptaron. Los homeowners nos dijeron: “Los esperamos el 9 de junio.”

And so it begins. Esa es la fecha para nuestro sueño.

¿Ya no hay miedos?

Miedos, incertidumbres, expectativas, ansiedades… hay de todo.

Hoy estoy a dos días de subirme al primer avión de mi vida como nómada digital y siento de todo:

  • ¿Y si me va mal? Pero… ¿y si me va bien y no quiero volver?
  • ¿Me adaptaré a viajar y trabajar? ¿Cómo voy a hacer? Pero… y si me adapto, ¿me costará acostumbrarme cuando vuelva?
  • ¿Y si extraño a mis seres queridos demasiado? Pero… ¿Qué sucede si no los extraño “tanto”?

¡Mati, focalizate en el presente!

De a poquito, el miedo se va transformando en pequeños pasos de valentía y el sueño va tomando forma.

Y hoy te cuento algo: los primeros pasos de un nómada digital, los más difíciles de dar, se dan dentro de su propia cabeza.

Lo bueno, es que no estoy solo. Ya no.

Ustedes me acompañan en el camino.


Sobre el autor de esta publicación

Foto de Mati Ortiz, de Letras Nómadas

Hola, soy Mati Ortiz. Mi propósito es ayudar a traductores a mejorar su calidad laboral. ¿Por qué? Porque sé que los traductores nos merecemos trabajar más tranquilos, con clientes que nos valoren, mucho mejor pagos y con más tiempo libre de calidad.

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